El sol calentaba afuera, pero el viento frío la estremecía. Ella lo sentía como un aliento seco, que le penetraba los huesos y la hacía sentir débil. Veía como la gente pasaba a su alrededor, le hablaba, y ella respondía, pero no estaba presente.
Su mente estaba invadida por ese frío, por ese viento que no la dejaba pensar, que no la dejaba ser. No sabía bien de donde venía, pero no dejaba de sentir escalofríos. Todo el mundo a su alrededor se quejaba del calor, y ella no dejaba de temblar.
Se estaba helando, se estaba enfriando poco a poco, y su corazón se estaba congelando. Y ella no veía con claridad, no sabía que rumbo tomar ni que hacer para evitar ese aire frío a su alrededor.
Se estaba congelando, y con su belleza se estaba tornando en una reina de hielo. No había calor que la hiciera derretir su nueva coraza, su nueva muralla. Ya casi era una estatua de hielo, pero en eso comprendió, que el viento frío provenía de si misma.
Fue cuando sintió como si un ángel se apostara a su lado y la abrazara, y se dejara llevar por ese abrazo, que le dió calor, y la hizo salir de su prisión de hielo.
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